Sobre mí

Hay muchas formas de entender un currículum vitae, la más usual para mi profesión, la podéis encontrar en la pestaña Biografía. Aquí he decidido compartir mi experiencia vital en un tono… diferente.

Nací en Madrid el 5 de Julio de 1984, era martes, justo después de un antojo de churros de mi madre.

Mi primera gira la hice con seis meses, con la compañía de teatro de mis padres: Agada. La ficha de necesidades técnicas incluía una especificación muy especial: alguien que cuide al bebé durante la actuación.

Cuando nací, mis padres ya vivían en Arenas de San Pedro, Ávila, “un micro clima” dicen, donde en invierno llueve mucho y nieva poco, en verano a las tres de la tarde no se ve un alma en la calle, pero por la noche se duerme muy bien y donde la primavera y el otoño son sencillamente deliciosos.
Viví allí hasta que tuve catorce años, y fue una suerte porque era un época en la que los niños ya teníamos ciertas libertades, pero no había tantos miedos. Jugábamos solos en la calle hasta que oscurecía y hacíamos expediciones a lugares desconocidos, investigando, descubriendo…

La escuela de música de Arenas fue escuela piloto en España. Tenía un profesorado muy entusiasta y pionero en la enseñanza musical infantil que consiguió convencer a muchas familias para que la música fuera una parte muy importante de nuestras vidas. Era algo cotidiano, encuentros continuos de una comunidad que dedicaba mucho tiempo y amor a nuestro aprendizaje. Yo iba a violonchelo, grupo de chelo, piano, grupo de piano, educación musical, coro, cámara y orquesta desde muy pequeña. Puede parecer mucho, pero la escuela de música estaba al lado de la plaza del Ayuntamiento, donde aún se permitía jugar con la pelota, así que en mitad de un pilla-pilla: ¡Raquel, Iris, Isa, Jara, os toca grupo ahora!, corríamos a nuestras clases. No había tantas negociaciones con los niños como hay ahora. Era genial, la música era una forma más de juego entre nosotros. Aunque a veces se podía poner muy seria la cosa… Como todo en la vida.

Mis padres hablaban francés y querían que estudiáramos idiomas, así que nos apuntaron a clases de inglés con Richard, un amigo “nativo” como se dice ahora. Yo tenía tres años y era la más pequeña de la clase, claro. Por lo visto me pasé un año debajo de una silla. Richard le contó a mi padre lo que pasaba, y mi padre dijo que a clases se iba a aprender, y si no estaba aprendiendo, me desapuntaba. ¡Nooo! Entonces me preguntó: A ver, ¿cómo se dice perro en inglés? “Log”. Y con una respuesta tan irrefutable como esa conseguí seguir debajo de mi silla en las clases de inglés.

En los veranos, además de ir al mar, bañarnos en los ríos de la zona, descansar, aburrirnos (algo que me parece muy importante para conocerse a uno mismo), festejar nuestros cumpleaños a lo grande (mi madre organizaba búsquedas del tesoro por todo el barrio) íbamos a cursos de verano. Todas las familias en coches, a veces en caravana, nos íbamos a los cursos de música a Francia, a Barcelona, incluso alguna vez se organizaron en Arenas, siendo nosotros los orgullosos anfitriones y los profesores y amigos de fuera quienes nos visitaban.

Empecé a impartir clases cuando tenía once años. Mi primera alumna fue Elena, que entonces tenía nueve. Hoy en día sigue tocando el chelo. Me encantaba enseñarle. Las clases duraban 45 minutos, pero a mí me suponían días de trabajo, porque preparaba todo con mucha atención, lo escribía, planteaba diferentes dificultades para cada ejercicio, ensayaba mi posible respuesta a cada situación, lo hablaba con mi madre, y siempre preparaba material para diez clases más. Así cada semana. Mi siguiente alumna fue María Elena, actriz y bailarina que trabajaba con mi padre. En la segunda clase, la vi muy incómoda, algo raro pasaba, tardé un rato en darme cuenta… ¡Le había colocado el chelo del lado contrario!
Poco a poco, fue creciendo mi número de alumnos, tanto niños como adultos. Hoy en día, tengo mi escuela, La Tortuga Catalina, donde sigo compartiendo, aprendiendo y disfrutando.
Por cierto, todas las tortugas tuvimos en casa, que fueron bastantes, se llamaron Catalina, y estos reptiles deben tener un asombroso índice de matrimonio, porque todas ellas, se casaron con sus novios y se fueron sin despedirse.

Cuando tenía catorce años, mis padres se separaron y nos mudamos a Madrid con mi madre. A la corredera baja de San Pablo, en pleno centro. Todo un señor cambio.
Mi madre nos explicó que en esa casa no vivía una madre con dos hijos, sino tres profesionales.
Las clases de piano y violonchelo que recibía y daba, el bachillerato nocturno, los viajes a Arenas, el conservatorio… Pero sin duda lo más significativo de esa época fue la muerte de mi madre. Yo tenía dieciocho años y ella cuarenta y nueve. Hubo muchos cambios, mucho dolor, mucho más trabajo y responsabilidad, pero también tuvo una parte muy bonita que fue la unión de los tres hermanos. Empezamos a convivir los tres, como tres profesionales. Creo que eso a mi madre le habría encantado.

A los veinte años conseguí irme a Alemania, había ahorrado dinero para estudiar un año, y ya veríamos cómo me desenvolvería allí.

Fui a estudiar a Detmold, una ciudad pequeña con una universidad magnífica. Mi profesora se llamaba Xenia Jankovic. Me impactó. Por su fuerza, su carácter, su constante cambio, su amor hacia la música, su absoluta dedicación a este arte, que exige tanto de uno mismo. Junto a ella pasé muchos años aprendiendo, descubriendo, tanto de música como de mi misma y de la vida.

En Detmold, te juegas toda tu carrera, cinco años de tu vida, en dos días. Un recital de 45 minutos por la noche, y al día siguiente por la mañana, lo que se llama el rigoroso. Que sí, exige mucho rigor, sobre todo porque tienes que tocar mucho repertorio y no has pegado ojo en toda la noche. Pero todo fue muy bien y obtuve una notaza con la que pude postular a todo lo que puedes estudiar después de terminar la carrera. Así que con esta ansia que me caracteriza, lo hice todo a la vez. Un máster en músico de orquesta, un postgrado de música de cámara con mi cuarteto y el postgrado de solista.

Pienso con cierta añoranza en este tiempo, porque en el momento, estás tan agobiado y quieres tantas cosas, que no te das cuenta de que estás viviendo uno de los momentos más privilegiados de tu vida.

En 2010 nos presentamos con mi cuarteto a las pruebas para estudiar en la Escuela Superior de Música Reina Sofía junto a Günter Pichler, fundador del cuarteto Alban Berg. Lo logramos, y durante ese tiempo en España, me di cuenta de que quería volver. Así que me pasé los dos años siguientes viajando entre Madrid, Detmold y Dortmund, hasta que terminé todos los postgrados.

Cuando decidí volver definitivamente, todo el mundo me decía que estaba loca, que España estaba fatal económicamente, que no había apoyos a la cultura, que no había oportunidades, que era imposible hacer una carrera aquí. Es así, es cierto que estoy un poco loca, y en España te ponen francamente difícil lo de ser músico.

Sin embargo, después de un año muy duro, muy duro de verdad, empecé a encontrar mi sitio. Bueno, creo que más que a encontrarlo, a crearlo. Y aquí estoy, disfrutando de vivir en el centro de Madrid, dando conciertos, talleres de apreciación musical, con la Tortuga Catalina a tope y aprendiendo.

En todas estas etapas ha habido mucha gente que me ha ayudado y me ha acompañado. Muchas gracias a todos los que sois testigos de mi vida, a los que me queréis, a los que me apoyáis viniendo a conciertos, a talleres, escuchando mi disco, regalándome sonrisas, palabras, abrazos… Gracias por hacer posible mi vida.